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El 30 de abril de 1993, Mónica Seles sufrió un dolor muy intenso en su espalda. Era extraño. Estaba sentada en su silla, mientras descansaba entre game y game en un partido de la Citizen Cup de Hamburgo.

Como un acto reflejo y sin saber lo que en realidad le había pasado, Seles se tocó la espalda y vio sangre. Ahí cayó en la cuenta de que alguien la había atacado. Instintivamente se levantó y caminó hacia la red, pero no pudo. La puñalada en la espalda la estaba desgarrando. Un espectador saltó a la pista y la recostó sobre el polvo de ladrillo, mientras los responsables de seguridad detenían al agresor tras impedir un segundo ataque.

Seles tenía sólo 19 años. No sufrió heridas graves, pero su vida ya nunca volvió a ser igual. Era la joven prematura que empezaba a dominar en el circuito femenino y que estaba destinada a destronar a las grandes como Steffi Graf o Martina Navratilova. Sin embargo, la puñalada no sólo le dañó el omóplato, sino también su psiquis.

En un primer momento se pensó que el ataque había sido motivado por la política y la guerar civil que se vivía en Yugoslavia. Sin embargo, nada más alejado de eso. El ataque tuvo que ver con un acto de fanatismo. Con una obsesión.

Cuando la policía interrogó a Günter Parche se dieron cuenta de que estaba enfermo. No tuvieron que insistir demasiado para descubrir qué lo había motivado a hundir un cuchillo en la espalda de la tenista serbia: quería que su adorada Steffi Graf recuperara el número uno del mundo.

La revista Vanity Fair indicó que Parche llevaba cuatro días rondando las instalaciones de la Citizen Cup. Tanto Monica como su familia declararon habérselo cruzado en más de una ocasión. En el momento de su detención llevaba encima 650 dólares, un pijama y un billete a Italia donde Seles tenía previsto jugar el torneo de Roma, la última parada antes de llegar a Roland Garros. Según el alemán no pretendía asesinarla, sólo dañarla lo suficiente como para impedir su presencia en un par de torneos.

Ese incidente provocó que los grandes torneos aprobaran la norma de tener miembros de seguridad custodiando las espaldas de los jugadores en los descansos entre juegos.

El tenis había cambiado para siempre. Y Mónica Seles nunca pudo volver a disfrutarlo.

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