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"¿Por qué te emocionas tanto? Son solamente dos hombres en shorts pasando la pelota por encima de una red", me dice el subconsciente. "No entiendo tu fascinación".

Nuestro pensamiento, capacitado para trabajar en lenguaje binario, comprende mejor que nadie el significado de la partición. También la que ocurre en el terreno del deporte. Cuando juntamos los nombres de Roger Federer y Rafael Nadal, la imaginación nos lleva a las más altas cimas de la rivalidad deportiva gestada a lo largo de casi 15 años sobre todas las canchas del mundo.

En los inicios de esa rivalidad, la final de Wimbledon 2006, el novelista David Foster Wallace, que asistió al estadio como periodista, escribió en éxtasis el artículo "Federer como experiencia religiosa" para el New York Times. En esa final, Foster Wallace sólo tuvo ojos para el suizo victorioso. Para la belleza que el suizo produce ante las cámaras cual estrella de cine. Para la ligereza de sus pies. Para su inteligencia. Para la perfección de sus jugadas. "Uno de esos escasos atletas sobrenaturales que parecen estar exentos de ciertas leyes de la física", escribió Wallace. "Una criatura cuyo cuerpo es al mismo tiempo carne y, de alguna manera, luz".

Wallace se quitó la vida en septiembre de 2008, pero antes de partir, pudo admirar la final de Wimbledon de ese año, para muchos, el mejor partido de toda la historia de tenis. Si hubiera escrito otro artículo tenístico, esta vez hubiera tenido que rendirse ante Nadal y describir al némesis de Federer, su ídolo, como el guerrero por excelencia. Un gladiador de la raqueta. Un joven lleno de fuerza, coraje, hambre de triunfo y tenacidad. Un tipo que hizo de la técnica un talento. Un tenista cuyo espíritu competitivo es infinito. Un español nacido en arcilla que venció al suizo dueño de la hierba.

Federer y Nadal volvieron a jugar una final de Grand Slam. Cierto es que aquella rivalidad gestada en la década pasada es ahora nostalgia. En 2017, la rivalidad se convirtió en amistad. Ninguno de los dos era favorito al inicio del Australian Open. Uno era 9 en el ránking mundial y el otro 17. La costumbre de ganar torneos a diestra y siniestra se redujo a algunos cuantos en los últimos años. Un enfrentamiento entre ambos apenas en los últimos dos años (Basilea 2015). Lesiones, bajas de torneos y especulaciones de retiro. ¿Nadal y Federer nuevamente en una final de Grand Slam en épocas de Djokovic y Murray? ¿Podrían estas dos leyendas recrear el tenis de sus mejores años para darle el adjetivo de épica a la final del Grand Slam australiano en su más reciente edición?

Sí, lo hicieron e incluso superaron las expectativas. Fue un partido a cinco sets comparable en calidad, intensidad y drama a los mejores de su largo historial. Y fue aquí donde Cronos, dueño del tiempo, hizo de las suyas. Durante 3 horas y media, el mundo se detuvo para contemplar a los dos mejores tenistas de la época moderna jugar una vez más como si tuvieran 10 años menos de los que marcan sus fichas técnicas (Federer 35, Nadal 30).

Habiendo ambos ganado todo lo que se puede ganar en el tenis - los títulos faltantes en el palmarés de cada uno es tema de una discusión sin importancia-, Federer y Nadal salieron a la cancha hambrientos. Seis años habían pasado desde su última final en un 'major' (Roland Garros 2011), pero la motivación y pasión por ganar lo que otros jugadores en plenitud física se niegan aún a saborear. Mediocridad, displicencia, desgana y fatiga son palabras desconocidas para Roger Federer y Rafael Nadal.

"Son solamente dos hombres en shorts pasando la pelota por encima de una red", vuelve a susurrar el traicionero subconsciente. "Lo sé", respondo. "Pero cuando se trata del tenis, nada tiene sentido. Cuando se trata de buscar inspiración, la cancha y la red son infalibles. Cuando hay que buscar sinónimos de grandeza, fervor y deportividad perfecta, imágenes de Federer y Nadal son lo primero que debe venir a la mente".

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